El 16 de enero, Viktor Bach, cofundador de The Phone, fue invitado al programa "Chaque voix compte", emitido en La Chaîne Parlementaire. La pregunta del día fue: "¿Es el teléfono el enemigo de la familia?". En la mesa de debate estuvieron el profesor Amine Benyamina, especialista en adicciones, y tres diputados: Louis Boyard, Isabelle Rauch y Pouria Amirshahi.
¿Cómo proteger a los más jóvenes de los peligros de la hiperconexión? Ya sabemos, y el profesor Benyamina lo recordó, que entre los 0 y los 3 años la exposición a las pantallas debería ser nula, y entre los 3 y los 6 años, reducida al máximo. La razón científica es que una pantalla "perturba la maduración del cerebro y las interacciones esenciales con el entorno". Además, la luz azul y el rápido desplazamiento de las imágenes (el "swipe") estimulan el cerebro a un ritmo que no puede sintetizar. El resultado es que el cerebro se "satura". Pero, ¿qué pasa con los preadolescentes y adolescentes a los que les resulta difícil negar el acceso a un teléfono móvil y, por lo tanto, a las aplicaciones que se derivan de él? Esta cuestión ha generado un gran revuelo en los últimos meses, sobre todo desde que el gobierno inició una reflexión sobre la prohibición de los teléfonos en los institutos. Entre hallazgos médicos, el auge de su uso, las tensiones familiares y las vías legislativas, el debate de "Chaque voix compte" puso de manifiesto un fenómeno masivo: la omnipresente presencia del smartphone en la vida de los jóvenes... y la impotencia de los adultos para remediarlo.
Adolescentes ultraconectados
¿Y si nuestros adolescentes estuvieran demasiado conectados? Los datos son contundentes: los jóvenes reciben su primer móvil a los 11 años y 4 meses, mientras que un adolescente de 15 años pasa 4 horas al día con su smartphone. ¡Y qué decir de las notificaciones, que nunca cesan, con una media de casi 240 alertas diarias! Cifras alarmantes, por un lado, y por otro, una verdadera contradicción, ya que para muchos alumnos el teléfono, más allá del ocio, también se ha convertido en una herramienta casi indispensable para su día a día educativo gracias (o a causa) de ciertas aplicaciones íntimamente ligadas a él, empezando por el ENT o los grupos de WhatsApp de clase. Ahora, es casi necesario tener un smartphone, pero hay que limitar su uso... ¿La ecuación insoluble?
Crisis familiares, evasiones y sentimiento de impotencia
Además, a lo largo de los testimonios, el debate reveló la magnitud de las tensiones en los hogares, con padres que han hablado de un "drama" cuando desconectan las pantallas. Sin olvidar las palabras de los adolescentes, que admiten de buena gana que "no se dan cuenta" del tiempo que pasan con el móvil, mientras confiesan saber perfectamente cómo eludir las herramientas de control parental, a veces con una facilidad desconcertante: un código descubierto, una huella dactilar registrada a escondidas, o incluso... la funda del teléfono puesta en el aparato cuando hay que abandonarlo al irse a la cama... Así, 9 de cada 10 padres se declaran preocupados por la sobreexposición y son muchos los que piden una ayuda clara, ajustes simplificados y, sobre todo, una regulación de las plataformas que maximizan el tiempo de conexión.
Propuestas políticas... y sus límites
Durante el debate, los diputados presentes mencionaron las medidas que se están examinando: la prohibición de las redes sociales para los menores de 15 años, la prohibición de los móviles en los institutos y el fin del toque de queda digital tras la opinión del Consejo de Estado. Pero todos reconocieron la dificultad de aplicación: ¿cómo controlar una prohibición total y con qué medios humanos, cuando ya faltan monitores y psicólogos escolares? Además, para el adictólogo Amine Benyamina, la prohibición no es la solución. Para él, de hecho, es mejor hablar de regulación y desnormalización, una noción aplicada al tabaco y que ha dado sus frutos... En otras palabras, reducir la presencia del smartphone en los espacios sociales para convertirlo en un objeto menos evidente, menos automático.
Iniciativas ciudadanas que cambian las reglas del juego
Pero algunos padres no han esperado a que se tomen posiciones políticas para empezar a interesarse por los temas de la hiperconexión y el smartphone, que se ha convertido en la tercera mano de sus hijos adolescentes. En varias escuelas, estos padres comprometidos se organizan a través de "pactos" con objetivos como: retrasar la edad del primer smartphone, actuar colectivamente para reducir la presión social o establecer una norma en la que "nadie tenga smartphone" al inicio del instituto. Iniciativas presentes en una treintena de países que demuestran que una respuesta colectiva puede funcionar allí donde las decisiones individuales aíslan al niño. También fue una oportunidad para Viktor, entre el público del programa, de presentar la solución The Phone, un teléfono sin internet que permite comunicarse sin caer en la trampa de las redes sociales y otros motivos de hiperconexión. "Un teléfono que solo sirve para telefonear", como muy bien resumió la presentadora del debate, Adeline François... A diferencia de un smartphone, en su diseño y, por lo tanto, no es discriminatorio para su poseedor.
Si bien el debate no aportó una solución milagrosa, al menos puso de manifiesto una realidad: el problema no es solo familiar, también es social. Plataformas, Estado, escuela, padres y jóvenes deben actuar juntos. Entre la urgencia sanitaria, la presión social y las contradicciones institucionales, el smartphone sigue siendo uno de los grandes desafíos educativos y políticos de la década.

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